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El cambiazo o el ilusionismo de la democracia

Ya dejadas atrás las elecciones parlamentarias y casi olvidada la galería de imágenes grotescas de campaña y frases obscenas proferidas por los aspirantes a la poltrona, es el momento quizás, de la reflexión. Esa reflexión honesta e imparcial que desde ciertos foros se viene proyectando ininterrumpidamente hace tiempo y que sin embargo, parece quedar siempre eclipsada por el aparato mediático-propagandístico del Leviatán. Una reflexión que sin que logre escapar al apelativo de “utopía ideológica” por parte de los conformistas, se revela en última instancia como la más necesaria de todas las reflexiones posibles. Este ejercicio reflexivo sólo encontrará eco si finalmente conseguimos responder con eficacia y continuidad a la necesidad de organizarlo en la práctica y transformarlo en una realidad con cara y manos.

Rostros y brazos, que ignorando conscientemente el llamado a la participación política oficial, construyen, recuperan y persisten en generar alternativas al poder político legitimado por el aparato de Estado a través de la Ley y su garante último de coherción: La fuerza bruta.

La “legítima” violencia del Estado quien no duda en transfigurar su retrato de padre bonachón y algo truhán en la de un ogro irracional y sanguinario. Monstruo ataviado con equipo represivo de última generación, gases, porras, bolas de goma y botas de acero incluidas. Ese es el verdadero perfil del poder político amparado en un enrevesado sistema legislativo. Ello continúa garantizando que una élite, ya sea por herencia del pasado, ya por méritos arribistas de carácter financiero, gobierne al resto para su exclusivo beneficio. De más está decir que la “crisis” actual se ha generado mediante un plan urdido institucionalmente para el enriquecimiento y provecho de esos mismos que se autoproclaman líderes sociales y que a través de sus partidos, empresas y organizaciones financieras se aseguran el privilegio absoluto en el reparto de la riqueza social. Así, el mecanismo electoral del cual más de la mitad de “ciudadanos” reniega y desconfía –demostrado está si nos guiamos de las estadísticas de participación-, se nos ofrece como único modelo de transformación política de cara a transformar no sólo la sociedad, sino el propio medio ambiente sobre el que reposa desde hace millones de años el delicado equilibrio biológico que permite la vida misma.

Reflexionar actuando, sin miedo a la represión ni a la exclusión a la que inevitablemente son sometidos todos esos cerebros rebeldes e insumisos que deciden generar sus propios mecanismos de transformación. Reflexionar sobre el sentido del poder político mismo, lo cual nos llevará irremisiblemente a una actitud crítica que a su vez nos conduzca a generar alternativas y ponerlas en práctica por razones de supervivencia. Salirse del redil, con sus riesgos y peligros, es el primer paso hacia la construcción de un espacio propio. Un lugar común en donde a través del asociacionismo de base, la descentralización organizativa, la horizontalidad, el confederalismo y las máximas de justicia, equidad y transparencia, entre otros muchos conceptos, consigamos recuperar el rumbo de nuestras vidas.

Romper con las normas de conducta social que nos son impuestas desde la más tierna infancia se hará cada vez más una necesidad. Normas que persiguen solamente reproducir el comportamiento egoísta y profundamente mezquino que estipulan esas mismas élites directoras. Una ruptura obligada para todo aquel que realmente se proponga vivir en un mundo más justo, pacífico, libre y sobre todo posible. Nadie dijo que fuera fácil. Pero aquí seguimos.

 

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Espacios liberados: Autogestión y construcción de alternativas

En las últimas semanas nos llegaron noticias desde Euskadi, concretamente desde Bilbao, donde el legendario CSO Kukutza  era desalojado de manera brutal y contundente por la Ertzaintza. Un espacio que tras 13 años de gestión, supuso una verdadera plataforma donde acoger iniciativas colectivas que de otro modo y si de los espacios institucionales hubiese dependido, nunca habrían podido materializarse. Lo importante que era ese espacio, convertido en centro de encuentro cívico, fomento de la cultura participativa y referente de la cohesión y lucha vecinal para el barrio y la ciudad en sí, queda patente al observar la reacción de los vecinos que no dudaron en salir a las calles reivindicando el lugar como propio. Talleres, clases de idiomas, informática, arte, deporte, cine, o simplemente como comedor social, todos y todas sentían que ese lugar otrora abandonado y en ruinas les pertenecía, por derecho.

Y es que Kukutza al igual que muchos otros centros sociales a lo largo y ancho del Estado Español y de toda Europa, se constituye como ejemplo de la resistencia vecinal ante un modelo de gestión ciudadana basada en el ultracapitalismo depredador, para el cual cualquier signo de cohesión social, autonomía asociativa o defensa de lo público supone una amenaza a su hegemonía totalitaria.

El control del “espacio”, además del rasgo económico que conlleva en el proceso de degradación del concepto de “lo colectivo” (con los grandes chanchullos especulativos donde la ordenación del territorio obedece sólo al interés del empresario) posee otro nivel de influencia de orden psicológico, al producirse una separación real, física, de lo que hasta hace bien poco constituía  la base cohesionadora de cualquier sociedad: La posibilidad de reunirse libremente, bajo principios de solidaridad y convivencia, en un lugar público donde sea la gente misma quien dirija su propia vida, realizándose en comunidad y logrando reencontrarse con sus vecinos y conciudadanos.

Como ejemplo de esta dominación y privatización de lo colectivo en sumisión al interés y beneficio particulares, bastaría mencionar el papel que actualmente juegan muchas asociaciones vecinales, cooptadas por los mismos partidos políticos que desde sus poltronas gubernamentales, se empeñan en dividir, manipular y estafar a sus súbditos una y otra vez. Ofreciendo un modelo institucional de participación, donde ellos se aseguran el control de cuanto se decida, en función de que influencia y predominancia tenga sobre ese barrio o comarca específicos el partido en cuestión. Otro ejemplo lo dan las discotecas y centros de ocio nocturnos, con su estruendosa ausencia de comunicación y todo lo demás que comporta el modelo de consumo promovido por cuantos se lucran a base de emborrachar, drogar y anestesiar a la juventud, que pese a los precios abusivos y las estrictas normas de admisión de los clubes continúa haciendo cola y pagando por participar de su luminoso y estruendoso corral.

El 15-M entre otras reivindicaciones, se hizo eco de esta llamada a recuperar “lo publico”. De hecho si tuvo tanto éxito, fue precisamente por lograr aunar ese espíritu colectivo y de cooperación que ha sido el único y autentico garante a la hora de superar situaciones catastróficas a lo largo de la historia humana. La solidaridad, vuelve por unos días a ser algo más que un concepto abstracto sobre el que debatir en foros de internet y se convierte en un hecho físico, inmediato, visible y palpable en cada una de las Plazas “reapropiadas” por la gente, para la gente.

Centros sociales como el “ CSO Taucho” en Tenerife, por poner un ejemplo cercano, suponen un paso hacia la recuperación de espacios abandonados, condenados a un deterioro irreversible en nombre de la especulación inmobiliaria. Al tiempo que se abre una brecha, en torno a la cual articular otras tantas propuestas que logren demoler de una vez por todas, el muro con el que tratan de aislarnos de nosotros mismos.